viernes, 15 de enero de 2010

LA INSOPORTABLE NECEDAD DEL SER

Being Ignatia O'Reilly es una ardua labor diaria. La necedad del ser humano no tiene parangón; crece y crece como la espuma y se reproduce como los hongos tras las lluvias del otoño. Denunciar la necedad no significa acabar con ella ni tampoco disminuir un ápice la estupidez que nos rodea, pero callar y consentir son dos verbos que no se conjugan con Ignatia.

Leo en la Gaceta del Micromundo, o como demonios se llame este periodicucho ombliguista, que los políticos ociosos (lo sé: el adjetivo es redundante) se han puesto a discutir sobre qué nombre ponerle a los lugares en los que gobiernan. Ya tienen un nombre, claro, pero van a cambiárselo porque hace cuarenta años no se llamaba así. ¿Quién lo dijo? Uno que pasaba por ahí. A lo peor era aquel indio maya que preguntado sobre el nombre de la playa mejicana en la que habían desembarcado los intrépidos exploradores españoles al mando de Hernán Cortés, respondía Kan-kun, Kan-kun, que no significaba Cancún o Riviera Maya, sino simplemente: "que no te entiendo, cojones!"


Pues eso: discuten los políticos y sentencian con sus leyes politraumáticas sobre cómo se debe escribir el nombre de su pueblo. Sale algún avispadillo sentando cátedra por aquello de "estar estudiau" y decide llamar a la potato: poteito, al tomato: tomeito... y al apple: makintos, asín, como lo pronuncia Bart Simpson, que es natural de la zona. Y sin darse un pijo de importancia, inauguran a bombo y platillo un cartel con el nuevo-viejo nombre de tal población, que a continuación es tachado con pintura por todos los habitantes del pueblo a turnos. Por todos menos por Manolín el Sordu, que fue la fuente fiable de donde bebieron los expertos filólogos que realizaron el trabajo de campo.

"Dolores, que hoy te toca tachar a ti. Mañana a Benjamín. Pasado viene la brigada de limpieza. Luego lo tacha Arquímedes. Y así, sucesivamente, por orden, y que nadie me-se cuele que yo lo vi primero"


Asistiendo desde la distancia a este necio coloquio de si con B de Burro o con V de Vomitar, mil veces me vi tentada a intervenir en el asunto, pero manteniendo la flema que se supone que tenemos los nacidos en la isla esa de ahí arriba, desistí de hacerlo. ¿Cómo explicar a un necio que lo importante del lenguaje es precisamente la capacidad que nos da para comunicarnos entre nosotros? ¿Cómo explicar a un grupo de imbéciles que el queso sigue siendo queso aunque en Francia lo llamen fromage? ¿Cómo hacerles entender que nunca pasarán a la posteridad por bautizar con un nombre de laboratorio a un pueblo perdido de la mano de Dios, pero que sí lo harán sus queridas madres, mentadas por todo hijo de vecino cada vez que vea el dichoso cartel?

Pues sin-animus agobiandis, aquí os dejo un tema para la reflexión. Por mí podéis decir patata o poteito o lo que os salga de las entrañas, pero si alguien osa llamarme Inazia, la ira de los O'Reilly no conocerá límite.

3 comentarios:

eminosuke dijo...
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Myrna Minkoff dijo...

Muy bien dicho Nacia.

María del Roxo dijo...
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